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El Atlético lo tenía muy claro. Había una prioridad por encima de todas: ganar. No había mejor fórmula para la vuelta. Ni una sola duda. Ni en ambición, formidable desde el primer minuto, ni en esa intensidad ingobernable, ni en su presión, ni en un inicio tan potente y tan incontestable para el Bayern, incrédulo ante tanta agitación.
El conjunto rojiblanco quería un gol sí o sí. No había otra perspectiva en su pizarra desde el vestuario ni en su actitud sobre el terreno de juego, impetuosa, descomunal como la cita que tenía ante sí. Lo intentó Saúl Ñíguez y después Fernando Torres con una jugada individual, mientras el Bayern sentía un agobio constante.
En esas circunstancias, estresantes para el equipo alemán, una y otra vez limitado a su parte del campo, una y otra vez atascado en pases que sí o sí terminaron entonces en el muro en tres cuartos del bloque madrileño, Saúl propuso y culminó una acción personal asombrosa. Desbordó a un rival, después a otro, a otro y a otro más.

Primer objetivo conseguido, a los diez minutos, con un golazo de Saúl, extraordinario, y cambio de registro, sin echarse demasiado atrás, pero más a la expectativa, más preparado para el contragolpe entre la posesión del Bayern, de su intención de romper por las bandas entre
 Douglas Costa y Kingsley Coman. Y sin Ribery ni Muller. Ya dentro del área, sorteados cuatro adversarios, se perfiló para lanzar un tiro sutil, con la izquierda, al otro palo, fuera del alcance de Manuel Neuer entre la 'explosión' de la grada por un gol y una jugada espectacular de un futbolista de tales condiciones, por potencia, por regate, por fortaleza, por capacidad goleadora...
Desde el vértigo por la banda del brasileño y del francés, desde la llegada del chileno Arturo Vidal, creció el conjunto alemán hacia el campo contrario, en el que también se siente a gusto el Atlético. Cuando se trata de defender, de guardar un botín, el equipo de Simeone es una roca. Deja el balón al rival, pero concede poco más.
Ni pierde el sitio, ni decae su intensidad, ni hay fisuras en su milimétrica ocupación de los espacios. Le rondó el Bayern por su área, pero ocasiones ni una en todo el primer tiempo; algún centro desde los costados, un par de disparos lejanos y nada más. En el otro lado, Neuer evitó el 2-0 frente al francés Antoine Griezmann.
LOS POSTES, PROTAGONISTAS DE LA SEGUNDA PARTE
El resto del encuentro ya estaba trazado desde el 1-0. Y tocaba sufrir. Lo intuía Simeone cuando movía los brazos pidiendo el aliento del público en el inicio del segundo tiempo y lo comprobó el equipo minutos después, con un trallazo lejano de Alaba, violentamente estrellado y repelido por el larguero rojiblanco.


Al Atlético, con otro susto en un cabezazo de Javi Martínez, ya le había empujado hacia atrás el Bayern desde su posesión. De nuevo destinado a un ejercicio de resistencia emocionante y solidario entre las infinitas variantes y recursos de su adversario. Se fue Coman, entró Ribery; se fue Thiago Alcántara y entró Thomas Muller.
Pero la victoria del equipo rojiblanco, ya sin apenas opción de salida al contragolpe, arrinconado por momentos, también fue memorable por la pasión con la que aguantó los momentos más adversas, minutos eternos, con una estirada de Oblak a tiro de Vidal, con un contragolpe al poste de Torres y con un ganador: el Atlético, preparado para jugar otra final en el Allianz Arena (1-0).
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